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Revista de Occidente presenta el nuevo Archivo digital de su primera época (1923-1936)

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La Fundación Ortega-Marañón presenta el acceso público, gratuito y universal a la primera época de esta histórica publicación. Más de 157 números componen un mapa intelectual irrepetible del periodo 1923-1936, que ilumina algunos de los textos más valiosos de la Edad de Plata de la cultura española.

A pesar de coincidir con una noche marcada por un destacado acontecimiento deportivo en Madrid, la Fundación Ortega-Marañón acogió una cita de especial relevancia para la vida cultural e intelectual. La apertura pública, gratuita y universal del archivo digital de la primera época de Revista de Occidente convirtió la jornada en un momento de hondo valor simbólico. Mientras buena parte de la atención colectiva se concentraba en el ritmo acelerado de la actualidad, el Espacio Cultural de la Fundación abría sus puertas a uno de los grandes legados de la cultura española del siglo XX, restituyendo al espacio público un fondo esencial para comprender la historia intelectual de nuestro país.

La directora de la fundación, Lucía Sala, lo resumió con emoción al dar la bienvenida: “Hoy para nosotros, para los que trabajamos en esta Fundación, es un día especial porque vemos cumplido un sueño: poner a disposición de la ciudadanía un patrimonio que es de todos”. La frase no era retórica. Lo que se presentaba allí no era solo una hemeroteca puesta en una pantalla, sino la devolución al presente de una constelación intelectual que marcó decisivamente la vida cultural española y europea entre 1923 y 1936.

Gracias al apoyo de la Comunidad de Madrid, esa primera época de la revista —157 números y más de mil documentos entre artículos, ensayos, notas y traducciones— puede consultarse ahora con una calidad de reproducción “extraordinaria”, según insistieron varios de los participantes. Sala subrayó además el alcance cívico del proyecto: “Por primera vez abriremos de forma pública, gratuita y universal esa primera época de Revista de Occidente”. Y añadió una idea central para entender el gesto: no se trata de venerar un vestigio, sino de reactivar un legado. “Queremos que la revista no se vea como pasado, sino como un activo de presente y, sobre todo, como un proyecto de futuro”.

Ese equilibrio entre conservación y actualidad atravesó todo el acto. También la intervención de Bartolomé González, director general Patrimonio Cultural y Oficina del Español de la Comunidad de Madrid, definió la iniciativa como “el primer paso de un acuerdo que hemos firmado para cuatro años” con la fundación. Su lectura del proyecto fue tan institucional como reveladora: “Poner en valor nuestro patrimonio” no es únicamente preservar objetos o documentos, sino mantenerlos en circulación pública, permitir que vuelvan a hablar. De ahí que alabara la colaboración entre instituciones como ejemplo de una “participación público-privada” orientada a un fin común: “cualquier iniciativa que tengáis, proponedla, que la estudiamos”.

Pero quizá el momento más elocuente de la tarde fue la breve demostración técnica y cultural del Archivo digital a cargo de Juan Claudio de Ramón, secretario de redacción de la Revista. Antes del coloquio posterior, quiso “abrir el arca y enseñar el paño”, como dijo con feliz expresión, para mostrar de qué modo se ha organizado y presentado el material. El resultado responde a una intuición sencilla y acertada: ofrecer una navegación clara, elegante y nada intimidatoria, que invite al lector contemporáneo a demorarse, curiosear y descubrir.

El Archivo permite consultar los números completos o explorar el repertorio por autores. Y ahí comparece, casi en estado puro, la magnitud del proyecto orteguiano. Según recordó De Ramón, en aquellas páginas convivieron las generaciones del 98, del 14 y del 27, junto a algunas de las grandes firmas internacionales del momento. “El elenco de colaboradores de esta etapa es impresionante, despampanante”, dijo. La enumeración parecía un canon portátil de la edad de plata: Alberti, Aleixandre, Damaso Alonso, Azorín… y, más allá del ámbito español, Kafka o Einstein.

La mención de Kafka sirvió para recordar uno de los episodios más fascinantes de la historia de la Revista: la publicación temprana de La metamorfosis en español. De Ramón destacó que Revista de Occidente se adelantó “al francés cuatro años y al inglés diez años” en la traducción del autor praguense. No es un detalle menor: da la medida del pulso internacional de una publicación que Ortega nunca concibió como simple escaparate nacional. “Ortega no hace una revista de España, ni siquiera hace una revista de Europa: hace una revista de Occidente”, señaló.

También Einstein comparece en ese mapa, no como icono congelado de la ciencia moderna, sino como autor legible por el gran público. Ortega quería una revista cultural en el sentido más amplio del término: literatura, pensamiento, política, ciencia. Ortega lo explica en los propósitos con precisión: no debía ser “meramente literaria”, sino también un lugar donde seguir “la revolución de la cuántica y de la relatividad explicada por sus propios protagonistas”.

La culminación simbólica de la presentación llegó con la lectura del texto fundacional del primer número, aparecido en julio de 1923. Allí Ortega formuló el programa de la cabecera con una lucidez que hoy sigue interpelando. “La Revista de Occidente quisiera ponerse al servicio de ese estado de espíritu característico de nuestra época”, escribió. Y más adelante, en una frase que conserva intacta su vibración, reclamaba: “Claridad, claridad demandan ante todo los tiempos que vienen”.

Recordadas ahora en 2026, esas palabras sonaron menos a reliquia que a diagnóstico sobre nuestro tiempo. En un presente saturado de información extensiva, de opinión instantánea y de confusión deliberada, el viejo ideal orteguiano de una información “clara, ordenada y con jerarquía” recobra una vigencia inesperada casi vital para el futuro del buen periodismo.

De eso trata, en el fondo, este archivo recién abierto: de devolver al lector un espacio de atención, criterio y curiosidad verdadera. No un mausoleo, sino una conversación reanudada —íntima y fértil— entre el creador y ese lector siempre dispuesto a adentrarse en nuevos mundos del pensamiento.

Una presentación con tres grandes referentes del periodismo cultural: José Andrés Rojo, Jesús García Calero y Alberto Ojeda

Fernando Vallespín, director de Revista de Occidente, abrió el debate subrayando el inquietante parentesco entre el periodo de entreguerras y el presente. “Había una crisis de la democracia, había una desorientación clarísima respecto de la propia identidad de Occidente”, dijo, evocando “esa maravillosa metáfora de La montaña mágica, la mancha en el pulmón de Occidente”. La referencia a Thomas Mann no era decorativa: servía para sugerir que las disputas internas del pasado resuenan hoy de forma alarmante. “Esperemos que esa discusión no acabe, como acababa La montaña mágica, cuando Hans Castorp se va inmediatamente a incorporarse a la guerra”.

Pero Vallespín introdujo también otra cuestión potencialmente más controvertida: la comparación entre la potencia cultural de aquella época y la del presente. “La diferencia mayor salta a la vista: aquel fue un momento de explosión cultural, artística, literaria, sin parangón”. Y formuló la pregunta de fondo: “¿A quién podemos publicar hoy en Revista de Occidente que pueda competir con la mayoría de los autores de entonces?”. Su hipótesis apuntó a una causa muy orteguiana: “la rebelión de las masas”, la democratización y la industrialización de la cultura.

José Andrés Rojo confesó haber pasado la mañana asomado al archivo y haber quedado “absolutamente encantado, fascinado”. No solo por los grandes nombres, sino por los detalles aparentemente menores: noticias, reseñas, pequeños “cotilleos culturales” que permiten, a su juicio, entrar de verdad en una época. “Es ahí, en los detalles más pequeños, donde se ve el pálpito de una época”, comentó a sus compañeros de tertulia. Y, al volver sobre el texto de “Propósitos” que Ortega plasmó en el primer número de esat publicación, rescató lo que quizá siga siendo la función central de una revista cultural: ofrecer “claridad, orden y jerarquía” en medio de la avalancha de contenidos digitales y virales de nuestro tiempo.

Rojo subrayó además una diferencia estructural entre entonces y ahora. En tiempos de Ortega, una revista podía surgir como iniciativa relativamente autónoma de un filósofo o un pequeño núcleo intelectual; hoy compite con grandes medios que cuentan ya con suplementos culturales propios y con una maquinaria industrial de producción y circulación incomparable. Precisamente por eso, sostuvo, la necesidad de filtrar, ordenar y jerarquizar se vuelve aún más apremiante.

Alberto Ojeda recogió ese hilo desde la experiencia de las publicaciones culturales actuales. La digitalización del Archivo, dijo, es “un regalo” para quienes siguen en “la trinchera cultural” tratando de sostener un espacio de exigencia en un ecosistema cada vez más adverso. Su intervención fue quizá la que trazó con mayor nitidez la continuidad entre el ideario orteguiano y las revistas de hoy: claridad frente a la palabrería abstrusa, espacio para la ciencia, atención a las nuevas generaciones, voluntad de cruzar perspectivas y de pensar sin quedar subordinados a un programa político previo. En una imagen especialmente elocuente, advirtió contra las “nubes de tinta” que a veces encubren la ignorancia o la impotencia crítica.

La conversación también señaló uno de los pulsos más visibles del presente: el crítico literario o cultural, con su bagaje y su auctoritas, compitiendo con “influencers que despachan una novela o un trabajo artístico con un vídeo de 15 segundos”. Ahí se juega una parte del problema: quién establece hoy la jerarquía, con qué criterio y bajo qué legitimidad.

Jesús García Calero amplió aún más la reflexión. Frente al pesimismo fácil, propuso una lectura menos melancólica: quizá el problema no sea la época, sino la sociedad. La tecnología, recordó, nos ha puesto en las manos una especie de “biblioteca de Alejandría portátil”, capaz de convertir voces centenarias en presencia inmediata sobre la pantalla. El reto no está en la ausencia de medios, sino en el exceso de ruido. En un mundo dominado por un “scroll infinito”, donde la atención es capturada por lo instantáneo y lo emocional, las revistas culturales siguen llamadas a cumplir la misma función que en tiempos de Ortega: aportar “orden, jerarquía y claridad”. Calero defendió además que las publicaciones culturales no deberían renunciar a la complejidad ni a la ironía, y que su tarea sigue siendo introducir matices, paradojas y racionalidad en una conversación pública dominada a menudo por el simplismo. No todo vale, vino a recordar; no todo tiene el mismo peso; y precisamente por eso la selección, el criterio y la mediación siguen siendo imprescindibles.

En el fondo, de eso trata esta apertura: de devolver al lector un recinto de atención, de criterio y de curiosidad verdadera. No una vitrina, sino una conversación reanudada. No una reliquia, sino una invitación a “ver claro”. Por ello, quizá la mejor manera de cerrar este artículo es invitar al lector a explorar, curiosear y dejarse asombrar por este valioso fondo —de Kafka a Faulkner, de Azorín a Machado, de Einstein a Le Corbusier—, hoy ya digitalizado y al alcance de todos con un solo clic.

Conoce el Archivo digital de Revista de Occidente

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Imágenes de la presentación del nuevo Archivo digital de Revista de Occidente.

 

 

 

 

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Revista de Occidente presenta el nuevo Archivo digital de su primera época (1923-1936)

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La Fundación Ortega-Marañón presenta el acceso público, gratuito y universal a la primera época de esta histórica publicación. Más de 157 números componen un mapa intelectual irrepetible del periodo 1923-1936, que ilumina algunos de los textos más valiosos de la Edad de Plata de la cultura española.

A pesar de coincidir con una noche marcada por un destacado acontecimiento deportivo en Madrid, la Fundación Ortega-Marañón acogió una cita de especial relevancia para la vida cultural e intelectual. La apertura pública, gratuita y universal del archivo digital de la primera época de Revista de Occidente convirtió la jornada en un momento de hondo valor simbólico. Mientras buena parte de la atención colectiva se concentraba en el ritmo acelerado de la actualidad, el Espacio Cultural de la Fundación abría sus puertas a uno de los grandes legados de la cultura española del siglo XX, restituyendo al espacio público un fondo esencial para comprender la historia intelectual de nuestro país.

La directora de la fundación, Lucía Sala, lo resumió con emoción al dar la bienvenida: “Hoy para nosotros, para los que trabajamos en esta Fundación, es un día especial porque vemos cumplido un sueño: poner a disposición de la ciudadanía un patrimonio que es de todos”. La frase no era retórica. Lo que se presentaba allí no era solo una hemeroteca puesta en una pantalla, sino la devolución al presente de una constelación intelectual que marcó decisivamente la vida cultural española y europea entre 1923 y 1936.

Gracias al apoyo de la Comunidad de Madrid, esa primera época de la revista —157 números y más de mil documentos entre artículos, ensayos, notas y traducciones— puede consultarse ahora con una calidad de reproducción “extraordinaria”, según insistieron varios de los participantes. Sala subrayó además el alcance cívico del proyecto: “Por primera vez abriremos de forma pública, gratuita y universal esa primera época de Revista de Occidente”. Y añadió una idea central para entender el gesto: no se trata de venerar un vestigio, sino de reactivar un legado. “Queremos que la revista no se vea como pasado, sino como un activo de presente y, sobre todo, como un proyecto de futuro”.

Ese equilibrio entre conservación y actualidad atravesó todo el acto. También la intervención de Bartolomé González, director general Patrimonio Cultural y Oficina del Español de la Comunidad de Madrid, definió la iniciativa como “el primer paso de un acuerdo que hemos firmado para cuatro años” con la fundación. Su lectura del proyecto fue tan institucional como reveladora: “Poner en valor nuestro patrimonio” no es únicamente preservar objetos o documentos, sino mantenerlos en circulación pública, permitir que vuelvan a hablar. De ahí que alabara la colaboración entre instituciones como ejemplo de una “participación público-privada” orientada a un fin común: “cualquier iniciativa que tengáis, proponedla, que la estudiamos”.

Pero quizá el momento más elocuente de la tarde fue la breve demostración técnica y cultural del Archivo digital a cargo de Juan Claudio de Ramón, secretario de redacción de la Revista. Antes del coloquio posterior, quiso “abrir el arca y enseñar el paño”, como dijo con feliz expresión, para mostrar de qué modo se ha organizado y presentado el material. El resultado responde a una intuición sencilla y acertada: ofrecer una navegación clara, elegante y nada intimidatoria, que invite al lector contemporáneo a demorarse, curiosear y descubrir.

El Archivo permite consultar los números completos o explorar el repertorio por autores. Y ahí comparece, casi en estado puro, la magnitud del proyecto orteguiano. Según recordó De Ramón, en aquellas páginas convivieron las generaciones del 98, del 14 y del 27, junto a algunas de las grandes firmas internacionales del momento. “El elenco de colaboradores de esta etapa es impresionante, despampanante”, dijo. La enumeración parecía un canon portátil de la edad de plata: Alberti, Aleixandre, Damaso Alonso, Azorín… y, más allá del ámbito español, Kafka o Einstein.

La mención de Kafka sirvió para recordar uno de los episodios más fascinantes de la historia de la Revista: la publicación temprana de La metamorfosis en español. De Ramón destacó que Revista de Occidente se adelantó “al francés cuatro años y al inglés diez años” en la traducción del autor praguense. No es un detalle menor: da la medida del pulso internacional de una publicación que Ortega nunca concibió como simple escaparate nacional. “Ortega no hace una revista de España, ni siquiera hace una revista de Europa: hace una revista de Occidente”, señaló.

También Einstein comparece en ese mapa, no como icono congelado de la ciencia moderna, sino como autor legible por el gran público. Ortega quería una revista cultural en el sentido más amplio del término: literatura, pensamiento, política, ciencia. Ortega lo explica en los propósitos con precisión: no debía ser “meramente literaria”, sino también un lugar donde seguir “la revolución de la cuántica y de la relatividad explicada por sus propios protagonistas”.

La culminación simbólica de la presentación llegó con la lectura del texto fundacional del primer número, aparecido en julio de 1923. Allí Ortega formuló el programa de la cabecera con una lucidez que hoy sigue interpelando. “La Revista de Occidente quisiera ponerse al servicio de ese estado de espíritu característico de nuestra época”, escribió. Y más adelante, en una frase que conserva intacta su vibración, reclamaba: “Claridad, claridad demandan ante todo los tiempos que vienen”.

Recordadas ahora en 2026, esas palabras sonaron menos a reliquia que a diagnóstico sobre nuestro tiempo. En un presente saturado de información extensiva, de opinión instantánea y de confusión deliberada, el viejo ideal orteguiano de una información “clara, ordenada y con jerarquía” recobra una vigencia inesperada casi vital para el futuro del buen periodismo.

De eso trata, en el fondo, este archivo recién abierto: de devolver al lector un espacio de atención, criterio y curiosidad verdadera. No un mausoleo, sino una conversación reanudada —íntima y fértil— entre el creador y ese lector siempre dispuesto a adentrarse en nuevos mundos del pensamiento.

Una presentación con tres grandes referentes del periodismo cultural: José Andrés Rojo, Jesús García Calero y Alberto Ojeda

Fernando Vallespín, director de Revista de Occidente, abrió el debate subrayando el inquietante parentesco entre el periodo de entreguerras y el presente. “Había una crisis de la democracia, había una desorientación clarísima respecto de la propia identidad de Occidente”, dijo, evocando “esa maravillosa metáfora de La montaña mágica, la mancha en el pulmón de Occidente”. La referencia a Thomas Mann no era decorativa: servía para sugerir que las disputas internas del pasado resuenan hoy de forma alarmante. “Esperemos que esa discusión no acabe, como acababa La montaña mágica, cuando Hans Castorp se va inmediatamente a incorporarse a la guerra”.

Pero Vallespín introdujo también otra cuestión potencialmente más controvertida: la comparación entre la potencia cultural de aquella época y la del presente. “La diferencia mayor salta a la vista: aquel fue un momento de explosión cultural, artística, literaria, sin parangón”. Y formuló la pregunta de fondo: “¿A quién podemos publicar hoy en Revista de Occidente que pueda competir con la mayoría de los autores de entonces?”. Su hipótesis apuntó a una causa muy orteguiana: “la rebelión de las masas”, la democratización y la industrialización de la cultura.

José Andrés Rojo confesó haber pasado la mañana asomado al archivo y haber quedado “absolutamente encantado, fascinado”. No solo por los grandes nombres, sino por los detalles aparentemente menores: noticias, reseñas, pequeños “cotilleos culturales” que permiten, a su juicio, entrar de verdad en una época. “Es ahí, en los detalles más pequeños, donde se ve el pálpito de una época”, comentó a sus compañeros de tertulia. Y, al volver sobre el texto de “Propósitos” que Ortega plasmó en el primer número de esat publicación, rescató lo que quizá siga siendo la función central de una revista cultural: ofrecer “claridad, orden y jerarquía” en medio de la avalancha de contenidos digitales y virales de nuestro tiempo.

Rojo subrayó además una diferencia estructural entre entonces y ahora. En tiempos de Ortega, una revista podía surgir como iniciativa relativamente autónoma de un filósofo o un pequeño núcleo intelectual; hoy compite con grandes medios que cuentan ya con suplementos culturales propios y con una maquinaria industrial de producción y circulación incomparable. Precisamente por eso, sostuvo, la necesidad de filtrar, ordenar y jerarquizar se vuelve aún más apremiante.

Alberto Ojeda recogió ese hilo desde la experiencia de las publicaciones culturales actuales. La digitalización del Archivo, dijo, es “un regalo” para quienes siguen en “la trinchera cultural” tratando de sostener un espacio de exigencia en un ecosistema cada vez más adverso. Su intervención fue quizá la que trazó con mayor nitidez la continuidad entre el ideario orteguiano y las revistas de hoy: claridad frente a la palabrería abstrusa, espacio para la ciencia, atención a las nuevas generaciones, voluntad de cruzar perspectivas y de pensar sin quedar subordinados a un programa político previo. En una imagen especialmente elocuente, advirtió contra las “nubes de tinta” que a veces encubren la ignorancia o la impotencia crítica.

La conversación también señaló uno de los pulsos más visibles del presente: el crítico literario o cultural, con su bagaje y su auctoritas, compitiendo con “influencers que despachan una novela o un trabajo artístico con un vídeo de 15 segundos”. Ahí se juega una parte del problema: quién establece hoy la jerarquía, con qué criterio y bajo qué legitimidad.

Jesús García Calero amplió aún más la reflexión. Frente al pesimismo fácil, propuso una lectura menos melancólica: quizá el problema no sea la época, sino la sociedad. La tecnología, recordó, nos ha puesto en las manos una especie de “biblioteca de Alejandría portátil”, capaz de convertir voces centenarias en presencia inmediata sobre la pantalla. El reto no está en la ausencia de medios, sino en el exceso de ruido. En un mundo dominado por un “scroll infinito”, donde la atención es capturada por lo instantáneo y lo emocional, las revistas culturales siguen llamadas a cumplir la misma función que en tiempos de Ortega: aportar “orden, jerarquía y claridad”. Calero defendió además que las publicaciones culturales no deberían renunciar a la complejidad ni a la ironía, y que su tarea sigue siendo introducir matices, paradojas y racionalidad en una conversación pública dominada a menudo por el simplismo. No todo vale, vino a recordar; no todo tiene el mismo peso; y precisamente por eso la selección, el criterio y la mediación siguen siendo imprescindibles.

En el fondo, de eso trata esta apertura: de devolver al lector un recinto de atención, de criterio y de curiosidad verdadera. No una vitrina, sino una conversación reanudada. No una reliquia, sino una invitación a “ver claro”. Por ello, quizá la mejor manera de cerrar este artículo es invitar al lector a explorar, curiosear y dejarse asombrar por este valioso fondo —de Kafka a Faulkner, de Azorín a Machado, de Einstein a Le Corbusier—, hoy ya digitalizado y al alcance de todos con un solo clic.

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